The Cheesecake Factory: Recuerdos bocado a bocado.

Si ustedes han seguido constantemente este blog, podrán estar de acuerdo en dos cosas: primero, que soy un amante de Estados Unidos; segundo, que soy un amante de la comida fuera de la alta cocina. No me malentiendan… amo los manteles largos, las cenas de varios tiempos, los grandes cocineros y su creatividad culinaria puestas en un plato para el deleite personal de cada comensal y sus conexiones emocionales particulares y los grandes vinos que acompañan, comúnmente, estas cenas. Pero como mis apellidos no son Gates, Slim, Jobs, Trump o Guzmán –por aquello de las listas de Forbes–, la realidad es que comer únicamente en los grandes restaurantes es una tarea francamente imposible, porque no hay cartera que sostenga eso. Y, además, nuestra memoria gustativa se construye de otro tipo de momentos y otro tipo de sabores, porque no es en la Haute-Cuisine donde residen nuestros recuerdos más íntimos, sino en el día a día de la casa, en primer lugar, y de este tipo de lugares –en mi caso, al menos–, en un segundo plano. Por eso, cuando me dijeron que abrirían un Cheesecake Factory en México tomé la noticia con cierto desdén, mucha precaución y un alto nivel de escepticismo. Porque aunque los puristas de la culinaria periodística tradicional y virtual quieran arrancarse las vestiduras, para mi es un lugar de gratos recuerdos, viajes divertidos hechos en familia y momentos personalísimos en el vecino país del norte al que regreso cada vez que puedo y bajo cualquier pretexto que se me ocurre. Aquí mi impresión del lugar.

Me gusta el turismo divertido, más que el tradicional. Por ello, cuando fui a Los Angeles por primera vez, uno de mis básicos en la lista de pendientes era el local original de Cheesecake Factory en Brighton Way y Beverly Drive. Había escuchado o leído tantas veces el nombre en películas, libros, documentales y reportajes que se convirtió en un imperdible, aunque otros lugares más famosos –o lógicos para un turista– estuvieran mucho más cerca de mi ruta. Con el paso del tiempo, me haría fanático de la sucursal que está en Main St. con Monticello Ave. (hace unos días me preguntaban sobre la sucursal y confundí el nombre de la calle con Edison Ave, error mío) sobretodo porque es la que queda más cerca si uno viene en auto desde San Diego y maneja sobre la I-15, teniendo que desviarse apenas una cuadra en la salida de Foothill Blvd que es, normalmente, como ando yo por la zona. Es raro que vaya yo a Los Angeles, pero bastante común que esté en San Diego o, mejor aún, que tome carretera para ir a Las Vegas. Y pocas hago de forma tan cercana a un ritual que comer ahí antes de atravesar California y entrar a Nevada en esas 4 horas y media de carretera.

Podría contarles la historia del restaurante y de cómo la Sra. Overton creó este concepto en Detroit y luego se mudaron a California, pero eso lo pueden encontrar dándole un Wikipediazo cualquier día de la semana o metiéndose a su página oficial a leer la historia. Lo que les puedo contar es que, conforme pasaron los años en mis idas y venidas a Estados Unidos fui conociendo su menu carta restaurante casi en su totalidad. Salvo algunos platillos que de origen nunca se me antojaron, he probado casi todo lo que tienen y me he enamorado de algunos platillos al grado de pedirlos como un elemental del día, aunque sepa que no me cabe porque siempre puedo aplicar el “doggie-bag” para el camino, porque nunca llega vivo el recipiente al destino final. Uno de los básicos en mi mesa son los Mini Corn Dogs y los Sweet Corn Tamale Cakes y las paneras de cuero. Y aquí, antes de que empiecen a llenarme de comentarios negativos y arranca-vestiduras, empecemos por entender que la cocina norteamericana se ha caracterizado siempre por adaptar a sus paladares y gustos las cocinas de todos los países de las que se alimenta. Quizá por ello me encantan también los Summer Rolls Vietnamitas que sirven y que tienen ese sabor entre fresco y especiado que en pocos lugares les queda tan bien. Y si empezamos con gritar a los cuatro vientos que los norteamericanos no tienen un paladar digno, entonces vamos a empezar con problemas de concepto, porque San Francisco, Portland, New Orleans, Seattle y las clásicas New York y Las Vegas tienen algo que decir en cuanto a buenos sabores y cocinas bien preparadas.Linda´s Fudge Cake, The Cheesecake Factory, Mexico

Así que ahí estaba yo, en el Centro Comercial Santa Fe, con todas las ganas de revivir los sabores de un lugar que, para mi, representa el arranque siempre de un viaje por California que puede acabar en cualquier lado. Porque sí, aunque están presentes en 38 de los 50 estados de la unión americana, confieso que sólo como en mi favorito de Monticello Ave. o, si ando en las cercanías, en el original de Beverly Drive. Es una especie de cábala personal culinaria. O, quizá, una forma de no engordar de manera incontrolable cuando ando en Estados Unidos, lo que, de por sí, ya es bastante complicado. Pero ahí estaba yo, insisto, a punto de romper la cábala, en nuestra ciudad de México y dispuesto a hincarle el diente con el ojo más crítico posible de un fanático absoluto del concepto.

¿Le atinaron? Más allá de eso. Los sabores son justo los que recuerdo y a los que vuelvo cada vez que puedo. Y miren que, afortunadamente, íbamos muchos a comer, suficientes para llenar la mesa de opciones que pudiéramos probar y comparar con lo que mi mente ha construido viaje tras viaje. Ahí estaban los Summer Rolls, pero también la Ensalada de Kale, las Bolas de Mac & Cheese empanizadas y fritas, los Dips de Alcachofa y Espinaca y el Flatbread con Ricotta. Antes de entrar le advertí a todos los que me acompañaban que probaría un poco de cada cosa, porque quería, en verdad, demostrar que los sabores originales sólo se viven en los lugares originales, por muy de cadena que sean. Pero en las entradas ya iba yo perdiendo el argumento mientras esa sensación de comodidad y familiaridad se iban apoderando lentamente de mi tarde.

Yo tenía claro lo que iba a pedir y la mesa se llenó, además de una deliciosa Pizza Margarita, de clásicas Glamburgers. Pero a mi me esperaba un Shepherd’s Pie. ¿Por qué? Porque este lugar tiene una de las variantes de Shepherd’s Pie que más me gustan. Si bien es, para mi gusto, el segundo mejor que he probado en mi vida, para probar el primero tengo que viajar a un pequeño rincón en la costa este de Estados Unidos y caer en casa de los suegros de un buen amigo irlandés que lo prepara como los mismos dioses, así que el que puedo disfrutar en Cheesecake Factory es, sin duda alguna, la mejor opción disponible. Y ahí estaba yo, con la piel chinita y las emociones encontradas en un restaurante que me traía los sabores del placer de arrancar una aventura prácticamente en la esquina de mi casa. Ahí estaba yo sentado disfrutando lo que era una tarde que sólo podía cerrar con broche de oro y, a la vez, con la prueba más dura. Porque puedes comer muy rico en Cheesecake Factory, pero no vas al lugar por sus bolas de macarrones fritas, sino por el postre. Por perderte en una de las cartas de postre más extensas que hay y en las que abundan los sabores increíbles.

Steve Cook, un buen amigo de Memphis, tiene una teoría: la comida hay que empezarla por el postre. Dice que, al hacerlo, estás diciéndole a tu paladar que siempre será un buen momento para ser feliz. Yo no lo hago, pero tomo esa segunda parte de su filosofía para recordarle a mi paladar que, sin importar cualquier cosa pasada, hay un camino hacia la redención dulce de cualquier lugar. Ahora imaginen eso con una carta de postres más extensa que la que incluye todos los tiempos de muchos restaurantes. Yo tengo un claro favorito, después de haber hecho lo inhumano –en términos de salud calórica y de acumulación de glucosa hablando– por años y haber probado todas las variedades de Cheesecakes y una buena parte de las otras variedades de postre. Para mi, la existencia de este lugar se sustenta y se agradece por el simple placer del Ultimate Red Velvet Cake Cheesecake. Pero hay quienes adoran el Godiva Chocolate Cheesecake y otros más que se deciden por el Oreo Dream Extreme Cheescake. Bueno, de los dos primeros llegaron a la mesa un par de rebanadas para cerrar la tarde. El tercero, junto a una rebanada del Dulce de Leche Caramel Cheesecake, llegó a mi refri en la versión del “me llevo pa’l fin de semana” más elegante que pude pensar. Y, de nuevo, si hay quien duda que los sabores coinciden con los recuerdos, sólo imaginen mi sonrisa de disfrute que se quedó como cuatro horas después.

Sí… The Cheesecake Factory no es un restaurante de autor o una panadería artesanal. Sus sabores no son experiencias sensoriales únicas e irrepetibles dignas de estrellas o menciones en listas famosas. Pertenece a otro tipo de restaurantes, a ese que nos puede hacer guardar un buen recuerdo de algún viaje, a ese en donde, alguna vez, nos sentamos a comer solos en medio de un viaje personal o con toda la familia para esparcirnos por la mesa entre risas y anécdotas. The Cheesecake Factory es y siempre será de esos espacios americanos hasta el tuétano que representa el elemento fundamental de cuando viajábamos por el simple placer de conocer y disfrutar el viaje en su totalidad y no sólo la experiencia única e irrepetible. Es de esos lugares a los que nos metemos siempre con la tranquilidad de un buen café, un postre y una plática en sus gabinetes mientras llegan platillos conocidos, seguros y que nos abrazan de la misma forma una y otra y otra vez. Y sí… podrán desgarrarse las vestiduras unos argumentando que “es un atentado contra la comida mexicana”, pero la realidad es que quienes dicen eso normalmente tienen un paladar muy maleducado y lleno de prejuicios. Y la cocina es, ante todo, la hermosa aventura de probar y probar y, en cada oportunidad que sea posible, volver a vivir en un bocado la sensación de reencontrarse con un sabor específico. Y, la verdad, es que sin olvidar ni quitarle su lugar a los invaluables recuerdos de mis pasos por las mesas de manteles largos, cocineros clásicos y Haute-Cuisine, el regreso al recuerdo de mis momentos de paz en esa esquina de Main St. y Monticello Ave. se agradecen y se reconfirman como invaluables.

Tag: manteles de cuero para mesa

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